21 de agosto de 2012

La película "NO" y la democracia con gusto a Coca Cola



Hace algunos días vi la aclamada película “No” de Pablo Larraín, fui sin ninguna expectativa y debo decir que me sorprendió de sobremanera. Es una cinta interesante, con un ritmo divertido y que toca varios tópicos atractivos para partidarios u opositores de la opción no en el plebiscito de 1988.

Como lo dije, en aspectos que podríamos denominar estéticos o fílmicos, la película funciona bien, tiene un guion bien estructurado, con actores de categoría (incluso se consiguieron a Gael García Bernal para darle un plus internacional) y una puesta en escena inteligente para intentar dar la veracidad de que más que una cinta, es una película documental sobre la épica campaña creativa para derrocar al dictador Pinochet. 
Pero más allá de la cinta, después de salir de la sala de cine, uno puede realizar diversas preguntas, en torno a lo que fue el plebiscito, que fue (o es dependiendo del punto de vista teórico) la transición o que es lo que denominamos democracia. Existen muchas miradas frente a estos conceptos, cosas que nos contaron, que vivimos, que leímos, que observamos en una pantalla de televisión o de cine, como en esta ocasión. Primeramente, es interesante observar cómo construyen la campaña del  NO. Intentan tomarla desde varios puntos de vistas, pero el publicista interpretado por García Bernal la coge desde el marketing, habla de un “producto”. La democracia no es un concepto, un ideal, es una mercancía que se ofrece a una sociedad chilena que ya estaba ingresando en las pautas del consumismo exacerbado. En el transcurso algunas personas critican esta mirada, “es un comercial de Coca-Cola”, replica algún político de la concertación, pero como movida publicitaria es muy inteligente, la democracia equiparada a un producto, añadiéndole conceptos estratégicos para venderla y promover un tipo de ciudadano (o consumidor), alegre, sin miedos con el pasado, con mirada al futuro, exitoso, etc…Frente a la campaña del SI que se realizó bajo parámetros cercanos a la “propaganda” política (solo faltaron desfiles de militares levantando el brazo derecho), la campaña del NO corrió sola, fue un éxito porque supo trabajar desde un lenguaje que las personas ya estaban internalizando, desde el mercado, desde la misma trinchera económica creada o impuesta por el régimen militar.
Otra parte interesante de la cinta es aquella cuando todos están discutiendo sobre la campaña y el personaje interpretado por Alejandro Goic comienza a hablar sobre la tortura, los detenidos desaparecidos, sobre el dolor de la dictadura. Los cabecillas de la campaña lo mandaron literalmente a la mierda, porque eso “no vende”, y es entendible, mostrar y ser majaderos con el dolor, dando la apariencia que la oposición de aquellos años eran los pobrecitos hubiera sido un tremendo error de “marketing”. Pero el asunto va a más allá, está bien que durante la campaña publicitaria del plebiscito no se tratara de forma explícita aquellos temas ¿pero después qué? ¿Qué pasó durante la transición con el tema de los derechos humanos, con la memoria? 
La transición (y la democracia) se transformó en esa campaña, en una felicidad de comercial televisivo, en donde el dolor de los torturados y la pena por los desaparecidos no tuvo cabida. El plebiscito solo cambió al patrón cuando ya no era necesario, ya se había asesinado a la resistencia e impuesto a sangre un sistema socioeconómico que aumentó la desigualdad, pero al mismo tiempo promovió un ideal de que todos podían ser exitosos. La transición fue un pacto entre las elites, una democracia tutelada por el ojo de los uniformados, donde la ciudadanía no tuvo participación alguna, solo cada cuatro años cuando en un papelito deben marcar una alternativa para legitimar el sistema político. La alegría vino, pero solo para un sector de la población, para el quintil como mayores ingresos, para los que diseñaron la campaña, los políticos de la concertación, los empresarios que se hicieron ricos con la privatización de empresas estatales, etc… La gracia de la película “NO” es ésta, nos hace pensar sobre el plebiscito, la transición y la democracia, que país hemos construido y sobre todo, que país queremos construir. 

11 de agosto de 2012

Cine; reflejo o representación



En nuestra sociedad podríamos decir que lo visual es el sentido maestro, toda la información nos entra por los ojos, como si los otros sentidos fuesen unos meros artilugios que sirven para confirmar la información que recibimos a través de la mirada. Numerosas frases populares vienen a confirmar la afirmación antes hecha; “ojos que no ven corazón que no siente”, “una imagen vale más que mil palabras”, “ver para creer”.  Es a través de la mirada que conocemos el mundo, y por eso las artes, en especial las disciplinas visuales, suelen tener el carácter de “representar” la realidad, de ser un espejo de la sociedad y de la vida misma.

Pero es el cine la disciplina moderna que goza de las mayores atribuciones para mostrarse como representante de lo “real”. Y es que desde sus comienzos, el cine en se presentó como un reflejo de la realidad  de manera irrebatible,  por ejemplo en una de las primeras cintas grabadas por los hermanos Lumière, Llegada de un tren a la estación, se cuenta que los espectadores que vieron por primera vez la película se echaban hacia atrás pensando que el tren se saldría de la pantalla, incluso algunos habrían salido corriendo de la sala donde se proyectaba la película. 

Son numerosas los enfoques teóricas que se encuentran en torno al arte cinematográfico, refiriéndonos a su carácter de “realidad”. Algunos se posicionan más cercanos al cine como un “espejo” de la realidad, como un arte capta de mejor forma la realidad social, mientras que otros consideran al arte cinematográfico como un dispositivo que “deforma” la realidad y otorga representaciones manipuladas por el  director de la obra. Incluso adentrándonos mucho mas en estas discusiones teóricas, la pugna entre un “cine ficción” y el “cine documental” ha sido bastante larga, argumentando sobre cuál de estos dos géneros fílmicos es el que capta de mejor forma la realidad. 

Bill Nichols es un teórico que asume ambos géneros con características  similares entre ellos, planteando que “el documental es una ficción como cualquier otra, que el mundo en el que habitamos es una construcción social en la misma medida que cualquier ficción es una construcción imaginaria, que lo que encontramos “ahí” no es sino lo que postulan nuestros códigos y sistemas de signos, esto debe, ponerse en tela de juicio”  (Bill Nichols, 1997:151).

El asunto está en saber si el trabajo que realiza el cine podría considerarse una representación del statu quo de un cierto período histórico, o de una sociedad determinada. En cuanto al concepto de representación, para Nichols “la representación implica que una cosa ocupe el puesto de otra, que una imagen o sonido grabado ocupe el lugar del que fue “tomado”. “Tomado” aparece entrecomillado porque este “tomado” no es una sustracción: la cosa sigue ahí” (Bill Nichols, 1997: 198). Luego de esto, podríamos afirmar que existe un nexo poderoso entre el referente y la representación,  planteando incluso que para algunos la representación podría tomar el lugar del referente, asumiendo la representación de un film como algo absolutamente verídico. 

Consideramos que, aunque el cine en sí representa “elementos” de la realidad, sería caer en la absoluta ingenuidad aceptar que el discurso fílmico puede reflejar la sociedad tal cual. Hay que entender que el cine es un dispositivo que exhorta al espectador a verlo como realidad histórica debido a su forma de exposición, ya que se presenta “como” si fuese equivalente a la realidad en un espacio temporal determinado, en palabras de Nichols “el filme revela lo que podríamos haber visto a nuestro alrededor si nosotros también hubiéramos mirado con un ojo paciente y perspicaz” (Bill Nichols, 1997: 35). Pero como planteamos, el cine solo muestra un “espacio” de tiempo determinado, por lo que no comprendemos lo que sucedió antes o después de la acción, solo se expone una parcela de la realidad, para que fuese representación verídica de un período sociohistórico determinado tendría que grabar una acción sin parar ni editar. Además como arte, el cine construye una cierta imagen, es una imagen elaborada la que se expone en la pantalla, como lo muestra Kristeva  “el cine no copia de manera “objetiva”, naturalista o continuada una realidad que le es propuesta: recorta secuencias, aísla  planos y los vuelve a combinar por medio de un nuevo montaje. El cine reproduce cosas: las manipula, las organiza, las estructura” (Julia Kristeva, 1988; 285). El cine refleja una realidad, que viene de “vuelta” con la presencia o la voz del autor, por lo que deja de ser totalmente real. La realidad en la obra está intervenida, manipulada, presentada con un sentido, por lo que hay que “leerla” o mejor dicho “descifrarla”, por lo que ésta es unas de las ventajas (o desventajas) del cine ficción.

Como vemos, es imposible que el cine ficción (y el cine documental incluido) puedan representar a cabalidad la realidad de un país, un hecho histórico, un acontecimiento determinado, la vida de un personaje público, etc… Pero el cine ficción puede construir una semirealidad a través del dispositivo fílmico,  el cine produce efectos de realidad y de poder como dice Fanlo, que están enclavadas en un tiempo-espacio y que producen y constituyen las subjetividades de espectadores de un determinado período histórico. Para finalizar nos preguntamos ¿El cine refleja o representa las historia social de un período determinado? Preferimos utilizar un término hibrido, reflejo/representación, ya que para esta investigación consideramos al cine un espejo, pero un espejo deformado como aquellos que existen en los circos, que deforman la realidad, muestran una realidad intervenida a través de un relato que contiene una cierta ideología en su contenido.

-  Nichols, Bill “La representación de la realidad” Ediciones Paidós, Barcelona, 1997
- Kristeva, Julia “El lenguaje, ese desconocido” Editorial fundamentos, Madrid, 1988 



17 de julio de 2012

Emilio Sutherland y en su propia trampa; El justiciero de la pantalla chica



Es comun escuchar a las personas quejarse de lo bajo que ha caido la televisión chilena, que no existen espacios culturales y que lo trivial y mundano se ha tomado la pantalla chica. Pero aún existen esperanzas, pequeñas joyitas han aparecido en este basural denominado televisión: El programa “En su propia trampa” ha emergido como un oasis en el desierto para saciar la sed de tantos televidentes inconformistas y deseosos de espacios televisivos de calidad.

Emilio Sutherland (Tio Emilio para el medio) se ha transformado en el Elliot Ness de la televisión chilena, organizando un verdadero escuadrón de periodistas y técnicos que luchan contra la injusticia, la delincuencia, los timos y engaños de personas inescrupulosas. A través de su programa, denuncia valientemente y con ahínco a quienes de forma cobarde, intentan perjudicar al bajo pueblo. Pero ahí está Emilio,  el justiciero, el heroe que sin capa ni superpoderes, solo con sus micrófonos y cámaras ocultas, combate la puerta giratoria que los diversos gobiernos no han podido solucionar.

En mi admiración por este periodista, he querido cooperar con su causa y ayudar con algunas ideas para que siga combatiendo con la misma fuerza al lumpen que aparece en sus reportajes, aquí algunas sugerencias:

- Fiscalizar a los vendedores de cloro y leche que le echan agua a sus productos

- Vendedores de cucuhflís que le echan manjar solo en los extremos.

- Carteros que cobran mas de $30 pesos por carta.

- Empaquetadores de los supermercados que ponen solo una bolsa a las botellas de vidrio y otros productos pesados.

- Delincuentes que roban wifi y se cuelgan de la televisión digital.

- Niños que se quedan con el lapiz y la goma cuando se les toma el Simce.

- Personas que hurtan revistas de las salas de esperas.

- Jovenes que se llevan los lentes 3D del cine para su casa (no tienen filtro UV y son feos)

-  Personal de aseo de los malls que se toman los conchitos de bebida.

Espero que con estas sugerencias y el aporte de la ciudadanía, podamos batallar contra la delincuencia real y ser un país desarrollado. Espero encontrar a otros lectores que quieran unirse y apoyarme en la causa para iniciar el proceso de beatificación de Emilio Sutherland.

7 de julio de 2012

Las 10 técnicas de manipulación mediática según Noam Chomsky



La estrategia de la distracción El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las élites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. ”Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.


Crear problemas y después ofrecer soluciones. Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.

La estrategia de la gradualidad. Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

La estrategia de diferir. Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver “Armas silenciosas para guerras tranquilas”)”.

Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión. Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad. Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposible de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.



Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad. Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

Reforzar la autoculpabilidad. Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se auto desvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen. En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las élites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

“Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”.



6 de julio de 2012

Neoliberalismo y la transformación en la vida de barrio

No es necesario ser un gran intelectual para denotar los cambios arquitectónicos y culturales que han desarrollado las diversas ciudades y comunas de nuestro país. Cada uno podría realizar el ejercicio de rememorar los recuerdos de infancia y enumerar los principales cambios que se visualizan en los propios barrios; de aquellos años en que se jugaba a la pelota en la calle de tierra se pasa a la carencia de infantes en las calles pavimentadas de algunas villas, el negocio de la esquina en que se compraba pan se suplanta por el supermercado y el mall, y las festividades principales en que los vecinos se reunían a celebrar se pasa por el encierro y el individualismo extremo de una buena parte de los habitantes nacionales. 

Estos cambios y muchos otros que son igual de importantes y significativos en la vida de barrio, se explican a través del paulatino cambio en el régimen económico del país, que tiene su génesis en la implantación de la ideología neoliberal por parte de la dictadura militar, a mediados de los años setenta. Cabe destacar que éste pensamiento económico ejerció (y ejerce) una importante influencia en la junta militar, que empleó sus preceptos en diversos ámbitos como el educacional, el cultural, el de salud, el laboral y como se anunciaba anteriormente, el ámbito urbano.

 El pensamiento neoliberal nace como una acentuación de la doctrina monetarista, además de presentarse como una crítica al Estado Keynesiano de desarrollo industrial, que imperaba en los años anteriores a la década de los setenta. Los teóricos de la escuela de Chicago (principal escuela de desarrollo del neoliberalismo) sostenían que “el estado Keynesiano no representa una fuente especial y autónoma de bienestar que haga de los ingresos y los servicios unos derechos ciudadanos, sino que depende en sí mismo sumamente de la prosperidad del mantenimiento del crecimiento económico” (Valencia 2007:15). Así es como la crisis del Estado planificador permite la implantación de un nuevo modelo económico que sería implementado en prácticamente todo el occidente. La base medular en que se sustenta este pensamiento económico es un capitalismo flexible y desregulado, en donde el rol del Estado sea sólo el de control social, dando paso a la libre circulación del capital y la privatización de empresas estatales y servicios básicos. 

Los ideólogos del libre mercado comenzaron a realizar los cambios respectivos para efectuar una limpieza a un Estado impregnado de socialismo y planificación. Si en el Estado desarrollista era de gran importancia la planificación urbana, estableciendo limites urbanos tanto a las constructoras estatales y privadas, el Estado neoliberal se desliga de toda planificación urbana, considerando ésta forma de operar como una contradicción para con el actuar “natural” del desarrollo de la ciudad, dando un énfasis socio-biológico a la expansión urbana, un organismo que crece de forma espontánea y a la cual no se le debe poner límite alguno. Es así como ésta desregulación conllevo a que en 1979, la Política Nacional de Desarrollo Urbano promulgara “el fin del límite urbano, propugnado por la vieja planeación y declaraba al suelo urbano como bien no escaso. De este modo se incentiva la incorporación ‘espontánea’ de suelos agrícolas a suelo urbano” (Valencia 2006: 8). El Estado como actor principal en la planificación urbana, pasó a ser un mero espectador entre los agentes privados, tanto sujetos como entidades.

De esta manera, con un Estado jibarizado en materia de intervención urbana, el rol protagónico en referencia al desarrollo de la ciudad lo tendrían el sector privado, principalmente las corporaciones pertenecientes al sector inmobiliario. Es así como la privatización del espacio urbano produce una nueva geografía de la ciudad, donde destacan elementos tales como “la coexistencia de varios Santiagos autónomos y aparentemente desarticulados, por lo menos a nivel de imaginarios. Un segundo elemento es que el proceso de modernización económica no ha contribuido a disminuir ni resolver el problema de la segregación y el encasillamiento espacial de los estratos sociales. Otro elemento es la fortificación de las zonas de contacto y de paso entre los sectores sociales y la implementación de prácticas (formales e informales, privadas u oficiales) de “limpieza” y “purificación” de barrios” (Valencia 2006: 12-13).

Los cambios que se pueden denotar son transversales, en el sentido tanto económico de los sujetos como territorialmente, ya que el mercado transformó la manera de estructurar la ciudad, una ciudad que no tiene estructura alguna, una “urbanización difusa” característica de un capitalismo mercantil. Este tipo de planificación liberal que contiene en su medula un radical interés económico, se comporta de manera agresiva e implacable con las capas mas pobres de la ciudad, se mostraba en el párrafo anterior las “purificaciones” de barrios residenciales, como también Soja leyendo a Harvey plantea que “las buenas intenciones de los planificadores liberales (e incluso planificadores radicales) tan a menudo desembocan en esas ‹‹consecuencias inesperadas›› y en los ‹‹grandes desastres de planificación››,(…) como por ejemplo la transformación de la ‹‹renovación urbana›› en una ‹‹expulsión de los pobres››” (Soja 2008 :165) Al mismo tiempo ésta expulsión de los pobres es parte del proceso (y efecto) de la intervención neoliberal en el espacio urbano, tal y como lo señala Antonio Daher “La localización suburbana de la mayoría de los pobladores más pobres es en rigor infraurbana. El encarecimiento de la tierra urbana asociada a la expansión metropolitana revierte sobre los sectores de menores ingresos, desplazándolos más y más a los extramuros de la ciudad” (Daher 1991).

Este lacónico relato nos ayuda a comprender la influencia de la doctrina neoliberal en la transformación del espacio urbano, como también la mutación del Estado en este ámbito de pensamiento, que se transforma en un ejecutor de políticas de corte asistencialista y subsidiario, entrampado en un régimen político en donde no puede ejercer intervención alguna. A su vez, esta mirada a las significativas transformaciones de la metrópolis de Santiago, nos permiten comprender el “efecto dominó” que despliega el sistema económico neoliberal, ya que al implementar políticas económicas mercantiles desde una esfera general o estructural, (aunque puede pecarse de reduccionismo económico) esto conlleva al devenimiento de transformaciones del espacio urbano reducido, como el barrio, el hogar, incluso la perspectiva y conciencia del propio sujeto. 

De esta manera, se muestra como la implementación de un determinado sistema económico contiene consecuencias negativas para un determinado tipo de vida de la sociedad, conllevando a la depredación tanto simbólica como arquitectónica del barrio y el espacio publico de la capital. La antigua noción de barrio comprendía a éste como un lugar “en el cual se vivía en comunidad, y en el cual las relaciones en torno a un espacio público común eran abundantes, sorpresivas y cotidianas. Un barrio en el cual prevalecía la heterogeneidad, en que todo estaba “revuelto”, en el cual la diversidad y tolerancia eran cualidades y condiciones fundamentales, y en el cual la identidad de sus habitantes, sus costumbres y su historia permanecían latentes” (Vallejos 2004). El barrio se muestra como un hábitat en que se desarrolla y reproduce el sujeto junto a otros sujetos, dentro de un espacio íntimo y de cotidianeidad, además de un espacio en donde el sujeto comprende una identidad y un sentido de pertenencia significativo, ya que es en el barrio donde se celebran las fiestas, se comparten diversos ritos sociales y se ejecutan los ritos cotidianos. El barrio es una micro-ciudad, dotada de diversos servicios básicos, tales como escuelas, hospitales, iglesias, comercio, además de áreas verdes y espacios públicos en el cual se desarrolle la vida social y cultural de los habitantes de éste. Vallejos plantea que el barrio debe poseer un hito que haya dado nacimiento a éste como tal, un acontecimiento histórico que haya repercutido en muchas familias, por lo que sirva como unión y el ya mencionado elemento identitario, que de cohesión a la vida social de los sujetos pertenecientes al barrio.

Esta noción de barrio en la actualidad parece casi “idílica”, ya que estamos acostumbrados a una forma de vida que posee una distancia considerable con la antigua forma de habitar. La re-conceptualización del barrio desde la perspectiva del neoliberalismo, se presenta como oposición a la antigua forma de barrio, siendo un modelo “en el cual se desvanece por completo la idea de comunidad, de diversidad y tolerancia, y en el cual pasan a ser primordiales temas como la privacidad, la seguridad, la homogeneidad, y la individualidad, dejando de lado todo acto en comunidad” (Vallejos 2004). La ideología del neoliberalismo produce un individualismo extremo en los habitantes de los barrios con “nuevo” rostro, una fragmentación de las relaciones sociales que conlleva a un deterioro de la vida comunitaria y segregación de los barrios al interior de las metrópolis. Los barrios se convierten en islas que conforman un archipiélago, produciéndose un barrio hermético y cerrado que no da espacio a lo “extranjero”, un individualismo tanto a nivel personal como social.

Las bases para esta nueva concepción de barrio cerrado y segregado, devienen de diversos fenómenos entre los cuales se destacan “la constante inseguridad ciudadana (producto de la violencia generada por la segregación) y por lo tanto el miedo a lo desconocido; la publicidad como influencia en la mentalidad de los individuos, y la simple necesidad del individualismo, proveniente de un cambio de actitud en los habitantes de la ciudad en que el egoísmo, arribismo, competitividad y egocentrismo los ha consumido, y en que el interés de sociabilizar ha pasado a formar parte de la historia” (Vallejos 2004). El barrio abierto y con un espacio comunitario y público pasó al barrio estilo “condominio”, fortificado herméticamente con guardias privados y cámaras de seguridad, en donde los espacios “públicos” son utilizados de forma particular y no como instancia de participación colectiva, promoviendo la segregación y diferenciación con el resto de la ciudad, al ser un elemento urbano que contiene un carácter privado y excluyente, no por un afán identitario, sino meramente de terror hacia el “otro desconocido”.

Este nuevo modo de vida de barrio repercute tanto en aquellos que se encuentran asentados en la periferia o en sectores suburbanos, como en aquellos establecidos en puntos importantes de Santiago, como son las zonas históricas, patrimoniales y con una gran identidad de barrio. Los habitantes de los barrios céntricos de Santiago comienzan a vivir “hacia adentro”, encerrándose en sus lugares de residencia y teniendo nulo contacto con los vecinos y las instancias de convivencia social. Al realizar una visita panorámica de diversos barrios como “Yungay”, “Franklin”, “Bellavista” y “Brasil”, nos encontraríamos con una gran cantidad de cites fuertemente asegurados, rejas y barrotes en ventanas y un acceso restringido a lugares en donde antes existía libre circulación. Pero por otra parte, éstos barrios cívicos no sólo se vieron afectados en el sentido del miedo extremo y del individualismo esquizofrénico al que aluden los teóricos al hablar de los nuevos barrios, sino también son presas del mercantilismo y de la gran empresa inmobiliaria, que posita su mirada sobre las casas antiguas, los cites en mal estado, los negocios agobiados por la desleal competencia del mall y la empresa retail, los conventillos amenazados con ser demolidos por la municipalidad y los sitios abandonados o que son “obligados” a ser abandonados. Las grandes inmobiliarias ven en cada sitio baldío un edificio con una gran cantidad de departamentos por vender, lo que promueve una búsqueda desenfrenada de espacios en los cuales desarrollar sus proyectos constructores, no respetando patrimonios arquitectónicos, ni el impacto ambiental que tal construcción puede provocar en el entorno. Es así como observamos departamentos de diez pisos en sectores de casas de un piso, o entablados en lugares que antes eran simbólicos para el barrio.

El neoliberalismo implantó en el barrio una ideología de mercado que contiene un espacio urbano de consumo que va de la mano con los fenómenos de transformación en el espacio del barrio antes mencionados. Distritos con espacios públicos precarizados, los lugares de esparcimiento y de reunión colectiva son reemplazados por los Mall y multitiendas, considerados las nuevas plazas públicas de las postmetróplis. El progreso trae consigo modificaciones como la transformación de cités en “lofts”, paseos peatonales y aceras anchas tipo boulevard, cafés con terrazas y centros culturales contemporáneos. Es así como diversos teóricos critican a esta nueva forma de barrio tipo “Starbucks” (lo denominan así por las ansias de poseer una de estas tiendas cerca de sus residencias), consecuencia de los procesos de “gentrificación” de algunos barrios del centro de Santiago, especialmente de sectores como Brasil, Yungay y Bellavista. En los nuevos departamentos y lofts de este nuevo tipo de barrio convergen sujetos de la denominada “clase media aspiracional”, venida de sectores periféricos de la capital, como también algunos sujetos venidos de sectores acomodados de la capital, dejándose llevar por el estilo de vida y la organización urbana de éstos sectores céntricos de la capital. Este proceso a parte de acarrear cambios radicales a los vecinos que viven desde tiempos remotos en aquellos sectores, también producen un encarecimiento del costo de terreno y aún más, de vida del lugar, obligando a que muchos nativos de aquellos barrios deban emigrar a otros sectores más económicos del gran Santiago. 

Como vemos, los cambios que trajo consigo el modelo neoliberal a la vida de barrio no son unitarios, sino que se dividen en una gran cantidad de efectos de los cuales muchos no fueron medidos ni contemplados en el presente trabajo. Cabe decir que sí se quiso exponer lo que personalmente se consideran los principales cambios en la vida de barrio, tanto de sectores periféricos como céntricos de la capital, como también la forma hegemónica de hábitat de los ciudadanos comunes de Santiago en sus diversos lugares de residencia.


1.-Alma Torres, Rodrigo Hidalgo (2009) “Los peruanos en Santiago de Chile: transforma-ciones urbanas y percepción de los inmigrantes”. Polis: revista académica de la Universidad Bolivariana, Nº. 22, Santiago.
 1 Número 1 2001
2.-Arribas, María Inés. Vergara, Jorge (2001) “Modernización neoliberal y organizaciones del Tercer Sector en Chile” ”. Polis: revista académica de la Universidad Bolivariana, año/vol. 1 Nº 001, Santiago 1 Número 1 2001
3.-Daher, Antonio (1991). “Neoliberalismo urbano en Chile”. En: Revista de Estudios Públicos n°43. Centro de Estudios Públicos, Santiago.

4.-Soja, Edgard (2008) “Postmetrópolis: Estudios críticos sobre las ciudades y las regiones”. Traficantes de sueño ediciones, Madrid.

5.-Valencia, Marco (2006) “La ciudad del libre mercado. Emergencia del neoliberalismo y transformaciones en el espacio metropolitano. El caso de Santiago de chile 1975-1985”. DU & P: revista de diseño urbano y paisaje, Vol. 3, Nº 7, Santiago.

6.-Valencia, Marco (2007) “Revolución neoliberal y crisis del Estado Planificador”, revista electrónica DU&P: revista de diseño urbano y paisaje, Vol. 4, Nº 12, Santiago.

7.-Vallejos, María José (2004) “Privatización de la ciudad y fragmentación social. El caso de los “barrios fortificados” en Santiago”